Diálogos De Platón

platon

La vigencia de los filósofos griegos pareciera, de pronto, paralo­gizarnos, dado lo apodíctico de las apologías que sustentaron en su época. Los axiomas que nos presenta Platón en sus Diálogos: “El Banquete”, “Critón” o “Sobre el Deber”, “Felón”, “Sobre el Alma” y “Georgias”. He deseado detenerme en este último por considerarlo uno de los más bellos diálogos de este eterno filósofo.

 El diálogo se inicia en una conversación de Sócrates con Georgias sobre la retórica, que sin abordar un hecho determinado tiene como objetivo último, la persuasión. Sócrates considera que toda ciencia en sus propósitos tiende a usar la retórica para fundamentar, si la palabra debe encaminarse a: instruir, ilustrar o solamente a persuadir. Y la pregunta no se deja esperar, ¿de qué sirve la retórica? Georgias estima que es, por excelencia, el arte de persuadir ya que proporciona los medios para ubicar la opi­nión propia en todas las cosas o en contra de todas las opiniones. Puede, por lo tanto, estar encaminada hacia el bien o hacia el mal; si el orador hace un mal uso es de su responsabilidad, no de la re­tórica misma. Sócrates considera que hay que dejar de lado las sutilezas y elegir: lo uno u otro, ya que la retórica constituye un arte indiferente, ajeno a la ciencia y a la verdad que intenta hacer creer a los ignorantes que todo es verdadero o falso, justo o in­justo, según se presente la circunstancia.

 Este es el punto decisivo en el pensamiento Socrático, quien acepta el segundo de los ob­jetivos como una rutina que por principios éticos no se debe practicar. Georgias, un interlocutor válido, guarda silencio ante las razones de Sócrates pero su compañero Polux declara que la fuerza de la retórica reside en el poder que otorga al orador en el sentido de hacer lo que desea.

  Las observaciones de Sócrates revisten un profundo sentido moral, tienen fuerza lógica por que según él, “hacer lo que se quiere, no significa nada”. Por ejemplo incitando a un grupo a través de la palabra, es justo que se cometan arbitrariedades con un ciudadano. No, dice el filósofo por que ello es contrario al bien, en el mundo hay que vivir sin remordimientos, es la única forma de ser dichoso, de ser hombre de bien; y añade, “no basta decir que el hombre injusto no es dichoso, se necesita compenetrarse de esta verdad y hay un hombre más desgraciado aún que es el que comete la injusticia impunemente. No hay mayor desgracia para un culpable, cualquiera que él sea, que escapar al castigo ni hay para él beneficio más grande que sufrir la pena que ha merecido”.

Aquí Sócrates sigue la doctrina de identificar el mal con lo feo, y lo bello con lo bueno y dice: “esta debe se el arte saludable de traer sobre su cabeza y sobre todos aquellos que ama, el soberano remedio de las enfermedades del alma, el Justo castigo”. En la conversación interviene un tercer interlocu­tor: Gallicles, éste hace presente que hay enormes diferencias entre la teoría y la práctica.

 Es un hecho que loa hombrea tienen por más deshonroso, ser obje­tos de una injusticia, que cometerla; en este caso el individuo se siente humillado ante quien es más fuerte que él. Atendiendo al significado de lo que es el más fuerte”, Sócrates estima que entre los individuos, el más fuerte es el mayor número, el que precisamente hace las leyes. Gallicles insiste en su posición haciendo presente, indicando que el más fuerte es el mejor, el más sabio y por eso mismo tiene más habilidad y más valor para alcanzar poder. Para él este ideal es el poder oratorio.

 Sócrates, por su parte tiene numerosas objeciones a es­ta teoría utilitaria y de conveniencia .Expresa que no es dable confundir el placer con el bien. La mayor parte de las artes, di­ce, no tienen más fin que el placer, tienden más bien a entretener que a instruir y en definitiva, son más perjudiciales que útiles. A este género pertenece la retórica cuando se perfila no a instruir si no a halagar el ego. Precisamente los aduladores son muchísimo más numerosos que los auténticos oradores. E1 hombre no puede pre­tender llegar a la felicidad a través de sus pasiones, por el contrario, la moderación, la rectitud y el uso de los instrumentos ge­ométricos como: la escuadra, el compás y la regla de 24 pulgadas, deberían ser sus símbolos en la búsqueda de una senda que evite los excesos. Es sabio aquel que, según Sócrates, divulga la verdad y aconseja la prudencia, la rectitud y la tolerancia.

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